El timbre repiqueteó antes de la hora, como siempre. Dejé las partituras sobre la mesa y coloqué el lápiz en equilíbrio encima de mi oreja derecha. Cuando abrí, un fogonazo me deslumbró y me dejo ciego durante varios segundos. Lo único que conseguí escuchas fue su risa, alegre, risueña, y mi corazón se paró por un segundo.
Cuando pude contemplarla, vi una gran sonrisa surcando su rostro de lado a lado, un vestido de flores demasiado veraniego para principios de aquel otoño húmedo y una cámara de fotos entre sus manos.
Suspiré resignado, cerrando la puerta tras ella.
Antes de que pudiera decir palabra le arrebaté las gafas que cubrían sus ojos. La habitación se llenó de color verde. Un verde brillante, luminoso, el verde de unos ojos cargados de nuevas esperanzas.
Se encaminó al salón sin esperarme, solo para poder hablar sin mirarme a la cara.
- Ya se lo que me vas a decir. Que nunca acabo nada de lo que empiezo, que soy una caprichosa...
Su voz siguió enumerando las razones que le había dado una y otra vez, mientras yo intentaba calcular el número exacto de veces que habíamos mantenido esa conversación. Bah! Acabé desistiendo, era imposible, eran demasiadas veces.
Ella se paró en mitad del salón y se giró. Me miró. La miré. Desee que el tiempo no pasara, que se congelara justo allí y me dejara perderme para siempre en su mirada. Pero mis suplicas fueron ignoradas.
Ella sujetó la cámara frente a su cara y ensanchó aún más su sonrisa.
- ¡Me he apuntado a un curso de fotografía.!
Se giró rápidamente y buscó el mejor encuadre para fotografiar mi piano.
Cabeceé. Era sumamente fácil hacerla feliz.Y no pude más que sonreír, como cada vez que la tenía enfrente.
Por lo visto a ella le gusto aquella sonrisa porque gritó:- ¡no te muevas!- Y el flash volvió a cegarme.
Era incorregible, atolondrada, caprichosa, alegre, confiada e incluso algo ingenua, pero no podía dejar de quererla con toda mi alma.


