domingo, 17 de octubre de 2010

La cámara.

El timbre repiqueteó antes de la hora, como siempre. Dejé las partituras sobre la mesa y coloqué el lápiz en equilíbrio encima de mi oreja derecha. Cuando abrí, un fogonazo me deslumbró y me dejo ciego durante varios segundos. Lo único que conseguí escuchas fue su risa, alegre, risueña, y mi corazón se paró por un segundo.
Cuando pude contemplarla, vi una gran sonrisa surcando su rostro de lado a lado, un vestido de flores demasiado veraniego para principios de aquel otoño húmedo y una cámara de fotos entre sus manos.
Suspiré resignado, cerrando la puerta tras ella. 
Antes de que pudiera decir palabra le arrebaté las gafas que cubrían sus ojos. La habitación se llenó de color verde. Un verde brillante, luminoso, el verde de unos ojos cargados de nuevas esperanzas.
Se encaminó al salón sin esperarme, solo para poder hablar sin mirarme a la cara.
- Ya se lo que me vas a decir. Que nunca acabo nada de lo que empiezo, que soy una caprichosa...
Su voz siguió enumerando las razones que le había dado una y otra vez, mientras yo intentaba calcular el número exacto de veces que habíamos mantenido esa conversación.  Bah! Acabé desistiendo, era imposible, eran demasiadas veces.
Ella se paró en mitad del salón y se giró. Me miró. La miré. Desee que el tiempo no pasara, que se congelara justo allí y me dejara perderme para siempre en su mirada. Pero mis suplicas fueron ignoradas. 
Ella sujetó la cámara frente a su cara y ensanchó aún más su sonrisa. 
- ¡Me he apuntado a un curso de fotografía.!
Se giró rápidamente y buscó el mejor encuadre para fotografiar mi piano.
Cabeceé. Era sumamente fácil hacerla feliz.Y no pude más que sonreír, como cada vez que la tenía enfrente.
Por lo visto a ella le gusto aquella sonrisa porque gritó:- ¡no te muevas!- Y el flash volvió a cegarme.
Era incorregible, atolondrada, caprichosa, alegre, confiada e incluso algo ingenua, pero no podía dejar de quererla con toda mi alma.

martes, 12 de octubre de 2010

el piano.

Me levanté despacio, con cuidado. Intenté que la cama se moviera lo menos posible para no despertarla y lo conseguí. Antes de salir de la habitación me recosté contra el quicio de la puerta y la observé. Estaba tumbada boca abajo sobre las sabanas, con el pelo revuelto inundando mi almohada. Suspiré. Aquella noche no conseguiría dormir, no con su olor aferrado a cada fibra de tela. Ese maldito olor que no se encontraba en ninguna perfumería del mundo. Su olor.

Ella había llegado horas antes, con las lágrimas surcando sus ojos verdes. Y como cada vez que la veía llorar, algo se agitó dentro de mi y una vocecita comenzó a susurrar: abrázala, abrázala fuerte y no la sueltes,  no permitas que nadie más le haga daño. 
En fin, tampoco era la primera vez que sucedía, simplemente era otro imbécil que no sabía apreciarla. Al menos ahora, allí dormida, parecía serena, con la respiración acompasada y despreocupada del mundo.
Me encaminé al salón y sonreí sin poder evitarlo. Aún recordaba la primera vez que ella había entrado allí, su cara de asombro, sus ojos como platos, sin creerse lo que veía.
- ¿ No tienes televisor?- preguntó con la voz temblorosa.
Yo negué con la cabeza con una sonrisa mal disimulada.
- No tienes televisor y tienes un piano de cola en mitad del salón...- dijo susurrando, como si al decirlo en voz más alta fuera desvanecerse todo ante sus ojos.
Asentí. Y ella sonrió. Sonrió con una de sus sonrisas enormes, de esas que estiraban toda la cara y creaba arruguitas alrededor de los ojos.
Unos días después de conocer el secreto de mi salón me confesó que se casaría con un pianista, o en su defecto alguien que supiera tocarlo medianamente bien.
- Mi sueño es despertarme cada mañana con mi marido tocando el piano; con las notas inundando toda la casa y llegando hasta mi cuarto para darme los buenos días. - dijo con los ojos perdidos en su taza de café, como si le diera cierta vergüenza confesarlo.
Era curioso, desde aquel día tocaba el piano con más ganas, queriéndo perfeccionar las canciones al máximo, como queriendo pulir cada nota, sacarle brillo.
Me acerqué despacio al piano y acaricié sus teclas de marfil blanco. Pulse una al azar y no pude mas que oír como reverberaba por todos los rincones, como llamándome a continuar. Me senté en la banqueta, cerré los ojos y deslicé los dedos, como acariciando las teclas. La música comenzó a sonar, casi como si la melodía fuera una parte más de la casa.
Para aquella canción no necesitaba partitura. Era de composición propia, y era para ella. Llevaba meses, y meses trabajando en ella, pero aún así no conseguía terminarla, era como mi propia melodía inacabada.
Cuando la última nota reverberó en el ambiente abrí los ojos despacio, completamente relajado y lleno por dentro. Oí un ruido a mi espalda y me giré, allí estaba ella, con el vestido lleno de arrugas y una lágrima resbalando por su mejilla.
Me levanté de un salto tumbando la banqueta y recogí esa gota salada con la punta de los dedos.

- Shhh, tranquila ya estoy aquí.
 Ella negó con la cabeza.
 - No, estoy bien. Es ... es preciosa. - susurró con la emoción contenido en cada ápice de su voz.
- Es preciosa- repitió. Y me rodeo la cintura con sus brazos, hundiendo su rostro en mi pecho.