- Porque ese día, pequeña, comprendí que el tiempo todo lo cura. Y sino lo cura, al menos lo deja lo suficientemente bien como para seguir adelante sin tener que recordarlo.
El diario de África
África no es solo una chica más. África no soy solo yo, ni lo eres solo tú.África somos todas, lo hemos sido alguna vez o nos gustaría serlo.
martes, 28 de junio de 2011
martes, 7 de diciembre de 2010
En blanco y negro.
El color había abandonado la escena. La enorme sala de baile, al igual que la gente que la inundaba, estaban definidos en una extensa variedad de grises. Miré sus rostros sin reconocer ninguno. Me sentí vacío, triste, solo. Excesivamente solo. Me moví nervioso, rechazando aquellas sonrisas que no conocía. De repente, el murmullo de críticas y sonrisas a media voz cesó, y todo el mundo giró la cabeza hacia una enorme escalinata de mármol.
Ella apareció en el extremo superior con un brillante vestido rojo. La sala pareció iluminarse cuando ella descendió lentamente la escalera, haciendo de equilibrista sobre unos finísimos tacones de aguja. Todas las miradas seguían sus sinuosos movimientos, unas con envidia, otros con deseo.
Llegó al último escalón y se detuvo, desvelando unos ojos de un intenso verde esmeralda, enmarcados por espesas pestañas azabache.
Por un momento fui consciente de que había dejado de respirar.
Lentamente me acerqué a ella. Me detuve lo suficientemente cerca para poder tocarla y extendí mi mano frente a ella. Cuando su mano ascendió hacia la mía, a punto de deslizarse conmigo hacia la pista de baile, un negro borroso comenzó a inundarlo todo llevándose la variedad de grises, difuminando su vestido rojo, y sepultando el verde de sus ojos.
Cuando abrí los ojos me encontré en una sala algo antigua y con los asientos algo carcomidos. Me angustió por un instante la oscuridad que reinaba a mi alrededor hasta que descubrí su sonrisa brillando a mi lado.
-Ni se te ocurra volver a dormirte- intentó sonar seria y disgustada, pero había un deje risueño en su voz.
De repente, despejando las últimas brumas del sueño, lo comprendí. Seguíamos en aquel mugriento cine. Miré la pantalla y descubrí aquella película en blando y negro. ¡Y encima muda! Bostecé.
Ella tenía la mirada perdida en la película y parecía disfrutar como una cría de cinco años. Suspiré y sonreí. Intenté centrarme en la película y no reírme de aquellos hombres que compensaban la falta de palabras con excesivos y exagerados aspavientos. Todo sea por verla feliz.
viernes, 26 de noviembre de 2010
El comienzo de todo.
La variedad de tonos cobrizos lo inundaba todo. Los árboles semidesnudos no daban muestra de sentir vergüenza alguna y dejaban que el viento arrastrase lentamente sus hojas, desvistiéndolos a cada nuevo soplo.
Giré en redondo y seguí observando cada detalle tras el objetivo de mi cámara de vídeo. Di un par de vueltas más antes de perder el interés por seguir grabando. Estaba a punto de pulsar el botón de off cuando ella apareció en mi campo de visión. Unas mallas ajustadas de color negro marcaban las líneas de sus piernas, dejando poco espacio para la imaginación. La camiseta que rezaba "Eat me" con un dibujo de un helado de tres pisos parecía demasiado veraniega para comienzos de aquel otoño frío. Su piel aún tenía el recuerdo del verano marcado y su pelo recogido en una alta coleta saltaba contra su espalda a cada paso que daba.
Grabé como corría rítmicamente y descubrí que me encontraba totalmente embelesado.
En ese momento dos bicicletas pasaron como una exhalación justo al lado de la chica. Ella puso cara de sorpresa y se desequilibró. Cayó al suelo con un golpe seco.
Por un momento me quede paralizado, hasta que pude correr hacia ella.
- ¿Estas bien?- Dije. Me arrepentí en seguida de haber hecho una pregunta tan absurda. Era obvio que no estaba bien.
Ella alzó el rostro y sus ojos se hilvanaron con los míos. El aire salió de mis pulmones y no fue capaz de volver a encontrar el camino para entrar. Aquella fue la primera vez que sus ojos se cruzaron con los míos. Noté como el verde lo inundaba todo. Sentí que la primavera había llegado, olvidándose de que no le tocaba hacer su aparición hasta muchos meses después. Las hojas retornaron a los árboles y el césped resurgió en todo su esplendor. Aquel verde era como el de la hierba recién cortada, casi podía notar el aroma de las flores y el sol de mayo sobre mi piel...
Había visto sus labios moverse y contraerse en una mueca de dolor. Lo único que conseguí entenderle fue:
- ... creo que me he torcido el tobillo.
Me sentí tremendamente culpable de no haber escuchado lo demás.
Finalmente me presente y la alcé en brazos sin pedir permiso. Fue el impulso más fuerte que había tenido en mi vida, y no supe contenerlo. Ella chilló.
-¿ Se puede saber que haces?
- Voy a llevarte a aquella caseta de allí; hay un botiquín para casos como éste.
Ella enrojeció, sin atreverse a agradecérmelo. Supuse que estaría confundida, aunque tenía la certeza de que no tanto como yo.
- África. - dijo al cabo de un rato.
-¿Qué?
- África- repitió- mi nombre es África.
Yo le sonreí, y ella me devolvió una sonrisa tímida, formada por dos hileras de dientecillos blancos.
Ella bajó la mirada y jugueteó con un mechón de cabello que se había desprendido de la coleta.
La observé de reojo. La vi inocente, desprotegida, indefensa, insegura. Pero a la vez, algo en sus ojos me decía que era fuerte, valiente, luchadora. Y el deseo de colarme en su alma a través de la ventana de sus ojos aumentó. Pensaba entrar fuese como fuese, aunque tuviese que perderme en aquel océano de color verde que se adivinaba detrás.
Desde aquel día me prometí no soltarla jamás, no dejar que nadie la volviera a dañar. Pasase lo que pasase no pensaba separarme nunca de ella. Aunque varios años después, otra tarde otoño frío y de color cobrizo, me vería forzado ha romper mi promesa.
Giré en redondo y seguí observando cada detalle tras el objetivo de mi cámara de vídeo. Di un par de vueltas más antes de perder el interés por seguir grabando. Estaba a punto de pulsar el botón de off cuando ella apareció en mi campo de visión. Unas mallas ajustadas de color negro marcaban las líneas de sus piernas, dejando poco espacio para la imaginación. La camiseta que rezaba "Eat me" con un dibujo de un helado de tres pisos parecía demasiado veraniega para comienzos de aquel otoño frío. Su piel aún tenía el recuerdo del verano marcado y su pelo recogido en una alta coleta saltaba contra su espalda a cada paso que daba.
Grabé como corría rítmicamente y descubrí que me encontraba totalmente embelesado.
En ese momento dos bicicletas pasaron como una exhalación justo al lado de la chica. Ella puso cara de sorpresa y se desequilibró. Cayó al suelo con un golpe seco.
Por un momento me quede paralizado, hasta que pude correr hacia ella.
- ¿Estas bien?- Dije. Me arrepentí en seguida de haber hecho una pregunta tan absurda. Era obvio que no estaba bien.
Ella alzó el rostro y sus ojos se hilvanaron con los míos. El aire salió de mis pulmones y no fue capaz de volver a encontrar el camino para entrar. Aquella fue la primera vez que sus ojos se cruzaron con los míos. Noté como el verde lo inundaba todo. Sentí que la primavera había llegado, olvidándose de que no le tocaba hacer su aparición hasta muchos meses después. Las hojas retornaron a los árboles y el césped resurgió en todo su esplendor. Aquel verde era como el de la hierba recién cortada, casi podía notar el aroma de las flores y el sol de mayo sobre mi piel...
Había visto sus labios moverse y contraerse en una mueca de dolor. Lo único que conseguí entenderle fue:
- ... creo que me he torcido el tobillo.
Me sentí tremendamente culpable de no haber escuchado lo demás.
Finalmente me presente y la alcé en brazos sin pedir permiso. Fue el impulso más fuerte que había tenido en mi vida, y no supe contenerlo. Ella chilló.
-¿ Se puede saber que haces?
- Voy a llevarte a aquella caseta de allí; hay un botiquín para casos como éste.
Ella enrojeció, sin atreverse a agradecérmelo. Supuse que estaría confundida, aunque tenía la certeza de que no tanto como yo.
- África. - dijo al cabo de un rato.
-¿Qué?
- África- repitió- mi nombre es África.
Yo le sonreí, y ella me devolvió una sonrisa tímida, formada por dos hileras de dientecillos blancos.
Ella bajó la mirada y jugueteó con un mechón de cabello que se había desprendido de la coleta.
La observé de reojo. La vi inocente, desprotegida, indefensa, insegura. Pero a la vez, algo en sus ojos me decía que era fuerte, valiente, luchadora. Y el deseo de colarme en su alma a través de la ventana de sus ojos aumentó. Pensaba entrar fuese como fuese, aunque tuviese que perderme en aquel océano de color verde que se adivinaba detrás.
Desde aquel día me prometí no soltarla jamás, no dejar que nadie la volviera a dañar. Pasase lo que pasase no pensaba separarme nunca de ella. Aunque varios años después, otra tarde otoño frío y de color cobrizo, me vería forzado ha romper mi promesa.
sábado, 13 de noviembre de 2010
El vaso de cristal.
Mis manos se cerraron en dos puños, clavándome las uñas en las palmas de las manos. Llevaba más de una hora allí sentado incapaz de dejar de sentir aquella ira que me desbordaba.
Aquello no era justo. Pero la verdad es que nadie había dicho jamás que la vida tuviera que ser justa.
La desesperación siguió allí conmigo, haciéndome una compañía poco agradable. Miré el reloj. Seguía pasando el tiempo y no me despertaba de aquella pesadilla. Por desgracia, empecé a comprender que no era un sueño. Aquello era jodidamente real.
Miré el vaso de cristal que estaba sobre la mesa. Lo contemplé desde todos los ángulos. Cada detalle, cada surco, cada arañazo. Me entraron unas ganas terribles de rebentarlo contra los azulejos de la cocina, y antes de que pudiera contener el impulso, el vaso impactó contra la pared causando un ruido estridente y una lluvia de cristales refuljentes. Por desgracia, y como ya había supuesto, no me alivió.
Contemplé los añicos a los que había quedado reducido el cristal. Es curioso pero me sentía justo así, como un puñado de cristales rotos. Me sentía destrozado, de esa forma tan total que sabes que por mucho que lo intentes, jamás conseguirás encajar todas las piezas. O incluso aunque lo lograras, nunca quedaría igual. Me sentía cortante, afilado, con ganas de gritarle al primero que se me pusiera por delante. Me sentí con ganas de...
Suspiré. Mis pensamientos no pudieron evitarlo. Tenía ganas de ella, y siempre iba a tenerlas. La ira se esfumó. En su lugar apareció lo que llevaba horas intentando evitar, la aceptación de la verdad. Pensé en ella, en su sonrisa, en sus ojos, en su voz... No pude resistirlo más. Las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos sin ninguna intención de detenerse durante mucho, mucho tiempo.
domingo, 17 de octubre de 2010
La cámara.
El timbre repiqueteó antes de la hora, como siempre. Dejé las partituras sobre la mesa y coloqué el lápiz en equilíbrio encima de mi oreja derecha. Cuando abrí, un fogonazo me deslumbró y me dejo ciego durante varios segundos. Lo único que conseguí escuchas fue su risa, alegre, risueña, y mi corazón se paró por un segundo.
Cuando pude contemplarla, vi una gran sonrisa surcando su rostro de lado a lado, un vestido de flores demasiado veraniego para principios de aquel otoño húmedo y una cámara de fotos entre sus manos.
Suspiré resignado, cerrando la puerta tras ella.
Antes de que pudiera decir palabra le arrebaté las gafas que cubrían sus ojos. La habitación se llenó de color verde. Un verde brillante, luminoso, el verde de unos ojos cargados de nuevas esperanzas.
Se encaminó al salón sin esperarme, solo para poder hablar sin mirarme a la cara.
- Ya se lo que me vas a decir. Que nunca acabo nada de lo que empiezo, que soy una caprichosa...
Su voz siguió enumerando las razones que le había dado una y otra vez, mientras yo intentaba calcular el número exacto de veces que habíamos mantenido esa conversación. Bah! Acabé desistiendo, era imposible, eran demasiadas veces.
Ella se paró en mitad del salón y se giró. Me miró. La miré. Desee que el tiempo no pasara, que se congelara justo allí y me dejara perderme para siempre en su mirada. Pero mis suplicas fueron ignoradas.
Ella sujetó la cámara frente a su cara y ensanchó aún más su sonrisa.
- ¡Me he apuntado a un curso de fotografía.!
Se giró rápidamente y buscó el mejor encuadre para fotografiar mi piano.
Cabeceé. Era sumamente fácil hacerla feliz.Y no pude más que sonreír, como cada vez que la tenía enfrente.
Por lo visto a ella le gusto aquella sonrisa porque gritó:- ¡no te muevas!- Y el flash volvió a cegarme.
Era incorregible, atolondrada, caprichosa, alegre, confiada e incluso algo ingenua, pero no podía dejar de quererla con toda mi alma.
martes, 12 de octubre de 2010
el piano.
Me levanté despacio, con cuidado. Intenté que la cama se moviera lo menos posible para no despertarla y lo conseguí. Antes de salir de la habitación me recosté contra el quicio de la puerta y la observé. Estaba tumbada boca abajo sobre las sabanas, con el pelo revuelto inundando mi almohada. Suspiré. Aquella noche no conseguiría dormir, no con su olor aferrado a cada fibra de tela. Ese maldito olor que no se encontraba en ninguna perfumería del mundo. Su olor.
Ella había llegado horas antes, con las lágrimas surcando sus ojos verdes. Y como cada vez que la veía llorar, algo se agitó dentro de mi y una vocecita comenzó a susurrar: abrázala, abrázala fuerte y no la sueltes, no permitas que nadie más le haga daño.
En fin, tampoco era la primera vez que sucedía, simplemente era otro imbécil que no sabía apreciarla. Al menos ahora, allí dormida, parecía serena, con la respiración acompasada y despreocupada del mundo.
Me encaminé al salón y sonreí sin poder evitarlo. Aún recordaba la primera vez que ella había entrado allí, su cara de asombro, sus ojos como platos, sin creerse lo que veía.
- ¿ No tienes televisor?- preguntó con la voz temblorosa.
Yo negué con la cabeza con una sonrisa mal disimulada.
- No tienes televisor y tienes un piano de cola en mitad del salón...- dijo susurrando, como si al decirlo en voz más alta fuera desvanecerse todo ante sus ojos.
Asentí. Y ella sonrió. Sonrió con una de sus sonrisas enormes, de esas que estiraban toda la cara y creaba arruguitas alrededor de los ojos.
Unos días después de conocer el secreto de mi salón me confesó que se casaría con un pianista, o en su defecto alguien que supiera tocarlo medianamente bien.
- Mi sueño es despertarme cada mañana con mi marido tocando el piano; con las notas inundando toda la casa y llegando hasta mi cuarto para darme los buenos días. - dijo con los ojos perdidos en su taza de café, como si le diera cierta vergüenza confesarlo.
Era curioso, desde aquel día tocaba el piano con más ganas, queriéndo perfeccionar las canciones al máximo, como queriendo pulir cada nota, sacarle brillo.
Me acerqué despacio al piano y acaricié sus teclas de marfil blanco. Pulse una al azar y no pude mas que oír como reverberaba por todos los rincones, como llamándome a continuar. Me senté en la banqueta, cerré los ojos y deslicé los dedos, como acariciando las teclas. La música comenzó a sonar, casi como si la melodía fuera una parte más de la casa.
Para aquella canción no necesitaba partitura. Era de composición propia, y era para ella. Llevaba meses, y meses trabajando en ella, pero aún así no conseguía terminarla, era como mi propia melodía inacabada.
Cuando la última nota reverberó en el ambiente abrí los ojos despacio, completamente relajado y lleno por dentro. Oí un ruido a mi espalda y me giré, allí estaba ella, con el vestido lleno de arrugas y una lágrima resbalando por su mejilla.
Me levanté de un salto tumbando la banqueta y recogí esa gota salada con la punta de los dedos.
- Shhh, tranquila ya estoy aquí.
Ella negó con la cabeza.
- No, estoy bien. Es ... es preciosa. - susurró con la emoción contenido en cada ápice de su voz.
- Es preciosa- repitió. Y me rodeo la cintura con sus brazos, hundiendo su rostro en mi pecho.
jueves, 16 de septiembre de 2010
ella.
Ella adora el chocolate, pero odia la vainilla. A ella le encanta mirar la lluvia, pero no soporta mojarse. Ella disfruta viendo las estrellas, pero solo un ratito porque después le duele el cuello de mirar hacia arriba. Ella huye de las arañas, pero le gustan las serpientes.
Ella sonríe cuando hace pompas de jabón, pero le molesta que se las esploten.Ella evita las películas de terror, pero las que más le gustan son las de acción con una alta dosis de violencia. Ella adora leer y escribir, pero odia que le digan el final de un libro o que lean lo que escribe. Ella bebe café con dos cucharadas de azúcar y un chorreón de leche, ni más ni menos, pero no toma tequila porque le quema la garganta. Ella siempre está dispuesta a decir hola, y nunca a decir adiós. Ella es... ella. Pero no es sólo una ella, es mi ella. Con sus ojos verdes, como la hierba recién cortada, con sus mejillas sonrosadas, con su lunar en la mandíbula, con su pelo desordenado, con sus uñas de colores, con sus vestidos a rayas, con sus zapatos altos, con sus pijamas de animalitos, con su odio al maquillaje y su admiración por las mariposas,
con su exceso de puntualidad, su costumbre de levantarse tarde ... con sus manías. Es una ella diferente, quizás para algunos algo rara, algo loca, algo adorable, algo odiosa... pero para mi solo es ella. África. Mi Áfri, aunque odie que la llame así. Áfri es mi ella, y aunque ahora me toméis por loco, en algún momento, todos hemos tenido o tendremos una ella en nuestra vida.
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