sábado, 13 de noviembre de 2010

El vaso de cristal.


Mis manos se cerraron en dos puños, clavándome las uñas en las palmas de las manos. Llevaba más de una hora allí sentado incapaz de dejar de sentir aquella ira que me desbordaba. 
Aquello no era justo. Pero la verdad es que nadie había dicho jamás que la vida tuviera que ser justa. 
La desesperación siguió allí conmigo, haciéndome una compañía poco agradable. Miré el reloj. Seguía pasando el tiempo y no me despertaba de aquella pesadilla. Por desgracia, empecé a comprender que no era un sueño. Aquello era jodidamente real.
Miré el vaso de cristal que estaba sobre la mesa. Lo contemplé desde todos los ángulos. Cada detalle, cada surco, cada arañazo. Me entraron unas ganas terribles de rebentarlo contra los azulejos de la cocina, y antes de que pudiera contener el impulso, el vaso impactó contra la pared causando un ruido estridente y una lluvia de cristales refuljentes. Por desgracia, y como ya había supuesto, no me alivió.
Contemplé los añicos a los que había quedado reducido el cristal. Es curioso pero me sentía justo así, como un puñado de cristales rotos. Me sentía destrozado, de esa forma tan total que sabes que por mucho que lo intentes, jamás conseguirás encajar todas las piezas. O incluso aunque lo lograras, nunca quedaría igual. Me sentía cortante, afilado, con ganas de gritarle al primero que se me pusiera por delante. Me sentí con ganas de... 
Suspiré. Mis pensamientos no pudieron evitarlo. Tenía ganas de ella, y siempre iba a tenerlas. La ira se esfumó. En su lugar apareció lo que llevaba horas intentando evitar, la aceptación de la verdad. Pensé en ella, en su sonrisa, en sus ojos, en su voz...  No pude resistirlo más. Las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos sin ninguna intención de detenerse durante mucho, mucho tiempo.

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