Giré en redondo y seguí observando cada detalle tras el objetivo de mi cámara de vídeo. Di un par de vueltas más antes de perder el interés por seguir grabando. Estaba a punto de pulsar el botón de off cuando ella apareció en mi campo de visión. Unas mallas ajustadas de color negro marcaban las líneas de sus piernas, dejando poco espacio para la imaginación. La camiseta que rezaba "Eat me" con un dibujo de un helado de tres pisos parecía demasiado veraniega para comienzos de aquel otoño frío. Su piel aún tenía el recuerdo del verano marcado y su pelo recogido en una alta coleta saltaba contra su espalda a cada paso que daba.
Grabé como corría rítmicamente y descubrí que me encontraba totalmente embelesado.
En ese momento dos bicicletas pasaron como una exhalación justo al lado de la chica. Ella puso cara de sorpresa y se desequilibró. Cayó al suelo con un golpe seco.
Por un momento me quede paralizado, hasta que pude correr hacia ella.
- ¿Estas bien?- Dije. Me arrepentí en seguida de haber hecho una pregunta tan absurda. Era obvio que no estaba bien.
Ella alzó el rostro y sus ojos se hilvanaron con los míos. El aire salió de mis pulmones y no fue capaz de volver a encontrar el camino para entrar. Aquella fue la primera vez que sus ojos se cruzaron con los míos. Noté como el verde lo inundaba todo. Sentí que la primavera había llegado, olvidándose de que no le tocaba hacer su aparición hasta muchos meses después. Las hojas retornaron a los árboles y el césped resurgió en todo su esplendor. Aquel verde era como el de la hierba recién cortada, casi podía notar el aroma de las flores y el sol de mayo sobre mi piel...
Había visto sus labios moverse y contraerse en una mueca de dolor. Lo único que conseguí entenderle fue:
- ... creo que me he torcido el tobillo.
Me sentí tremendamente culpable de no haber escuchado lo demás.
Finalmente me presente y la alcé en brazos sin pedir permiso. Fue el impulso más fuerte que había tenido en mi vida, y no supe contenerlo. Ella chilló.
-¿ Se puede saber que haces?
- Voy a llevarte a aquella caseta de allí; hay un botiquín para casos como éste.
Ella enrojeció, sin atreverse a agradecérmelo. Supuse que estaría confundida, aunque tenía la certeza de que no tanto como yo.
- África. - dijo al cabo de un rato.
-¿Qué?
- África- repitió- mi nombre es África.
Yo le sonreí, y ella me devolvió una sonrisa tímida, formada por dos hileras de dientecillos blancos.
Ella bajó la mirada y jugueteó con un mechón de cabello que se había desprendido de la coleta.
La observé de reojo. La vi inocente, desprotegida, indefensa, insegura. Pero a la vez, algo en sus ojos me decía que era fuerte, valiente, luchadora. Y el deseo de colarme en su alma a través de la ventana de sus ojos aumentó. Pensaba entrar fuese como fuese, aunque tuviese que perderme en aquel océano de color verde que se adivinaba detrás.
Desde aquel día me prometí no soltarla jamás, no dejar que nadie la volviera a dañar. Pasase lo que pasase no pensaba separarme nunca de ella. Aunque varios años después, otra tarde otoño frío y de color cobrizo, me vería forzado ha romper mi promesa.


bravissimo!!...
ResponderEliminar... pero no me dejes sin saber que ocurrió en ese otoño!
te odio!!