jueves, 16 de septiembre de 2010

ella.

Ella adora el chocolate, pero odia la vainilla. A ella le encanta mirar la lluvia, pero no soporta mojarse. Ella disfruta viendo las estrellas, pero solo un ratito porque después le duele el cuello de mirar hacia arriba. Ella huye de las arañas, pero le gustan las serpientes. 
Ella sonríe cuando hace pompas de jabón, pero le molesta que se las esploten.Ella evita las películas de terror, pero las que más le gustan son las de acción con una alta dosis de violencia. Ella adora leer y escribir, pero odia que le digan el final de un libro o que lean lo que escribe. Ella bebe café con dos cucharadas de azúcar y un  chorreón de leche, ni más ni menos, pero no toma tequila porque le quema la garganta. Ella siempre está dispuesta a decir hola, y nunca a decir adiós. Ella es... ella. Pero no es sólo una ella, es mi ella. Con sus ojos verdes, como la hierba recién cortada, con sus mejillas sonrosadas, con su lunar en la mandíbula, con su pelo desordenado, con sus uñas de colores, con sus vestidos a rayas, con sus zapatos altos, con sus pijamas de animalitos, con su odio al maquillaje y su admiración por las mariposas,
con su exceso de puntualidad, su costumbre de levantarse tarde ... con sus manías. Es una ella diferente, quizás para algunos algo rara, algo loca, algo adorable, algo odiosa... pero para mi solo es ella. África. Mi Áfri, aunque odie que la llame así. Áfri es mi ella, y aunque ahora me toméis por loco, en algún momento, todos hemos tenido o tendremos una ella en nuestra vida.

lunes, 13 de septiembre de 2010

m&m´s

Llegó como un torbellino. El timbre sonó de forma incesante hasta que le abrí. Con paso firme y enérgico se fue hacia la cocina, sin el más mínimo saludo. Tiró una bolsa encima de la mesa y se sentó en una silla de mimbre, de esas que la gente ya no usa, pero que se que a ella le encantan.
Sus uñas, de un color azul eléctrico poco discreto, tamborilearon nerviosamente sobre la mesa. Miré la bolsa que había arrojado sobre la mesa, sabiendo ya lo que iba a encontrar en ella. Suspiré. Cinco paquetes de m&m´s.
Aquello se había convertido en una señal, como cuando ves un stop en la carretera y sabes que tienes que pararte. Fui hacia la nevera y saqué una tarrina de helado de nata. Le preparé un bol enorme de helado con canela por encima y se lo acerqué. Ella aún con cara enfurruñada cogió uno de los paquetes de m&m´s y vertió todo su contenido sobre el bol. Engulló tres grandes cucharadas de golpe, y solo entonces pareció calmarse un poco.
- ¿Por qué me siento tan jodidamente insignificante? Soy ... como una mota de polvo en el mueble de alguna mansión... no, incluso eso es demasiado. Me siento como...como... ¡como la sal! Sí, eso es, como la sal. Común e insignificante.
Otra cucharada de helado fue engullida. Y otra bolsa entera de m&m´s tuvo la desgracia de ser sacrificada.
Yo me agaché junto a ella, con las manos sobre sus rodillas.
-¿Y que sería el mar sin sal? Sería como cualquier otro agua, como la de un río, o un lago... La sal es la que lo hace especial.
- Si el mar no tuviera sal no tendríamos que temer que el agua se agotase. - masculló con la boca llena.
Yo sacudí la cabeza y me levanté.
- Sea lo que sea no puede ser tan malo. ¿ Me lo vas a contar o piensas seguir ahí devorando mis reservas de helado?
Acerqué una cuchara a su bol y ella lo abrazó de forma protectora. Me miró con sus grandes ojos verdes, casi como me miraría un gato a punto de saltar.
- Vale, vale- me rendí. - yo no ataco tu bol y tú me cuentas que ha pasado. ¿Trato hecho?- dije mientras le tendía la mano.
Ella echo un vistazo a su bol, y una mirada desconfiada hacia mí. Después de un segundo de vacilación me estrechó la mano. Y como cada vez que la rozaba me estremecí, deseando tenerla un poco más cerca.

domingo, 12 de septiembre de 2010

El poder del café.

Sonó el timbre. No pude más que sonreír. Ella llegaba temprano, como siempre. Era una de sus irritantes manías, pero eso la hacía aún más adorable.
- Pasa- grité desde la cocina- está abierto.
Oyó sus tacones deslizarse por el piso. Sonaban acompasados, casi de forma rítmica.
Ella se apostilló en el marco de la puerta y me observo furtivamente mientras preparaba café.
 - ¿Te diviertes? - le pregunté sin girarme. Casi pude vislumbrar una media sonrisa esculpiéndose en su rostro.
- He de reconocer que sí. Mirarte se está convirtiendo en uno de mis pasatiempos favoritos.
Abandonó el vano de la puerta y con un ágil impulso se sentó en la encimera cerca de mí.
Yo le sonreí y saqué dos tazas con logotipos políticos de uno de los estantes superiores.
Cuando la miré de nuevo, tenía los ojos cerrados permitiéndome ver sus espesas pestañas negras, libres de cualquier maquillaje o producto artificial. Ella abrió los ojos, como si sintiera que la estaba mirando.
- Me gusta cuando tu piso huele a café por cada rincón. Resulta hogareño. Hace que me siente a gusto. Como en casa. - dijo encogiéndose de hombros, casi excusándose.
Le acerqué una de las tazas humeantes. Con dos cucharadas y media de azúcar y un chorreón de leche. Tal y como a ella le gustaba. Me senté en la mesita, cerca del microondas. Y permanecí en silencio, mientras veía como ella se llevaba la taza a los labios y mientras miraba por la ventana se quemaba los labios. Pasaba siempre. Era casi como una tradición, casi como otra de sus manías. Conté hacia atrás. Cinco, Cuatro. Tres. Dos...
- No te vas a creer lo que me ha dicho hoy Erika, ....
Era de efecto inmediato. Al primer sorbo de café su lengua se desinhibía, siempre tenía algo que contar. Ni diez copas del mejor alcohol la harían hablar tanto que con una buena taza de café.
Era una chica extraña, repleta de manías. Pero cuando la veía allí sentada, sobre su encimera de granito, balanceando las piernas, con la taza de café en la mano derecha y los labios rojos de ese primer sorbo demasiado caliente, no podía más que sonreír. No era capaz de cansarse de ella. La amaba. A ella y a sus rarezas.

viernes, 10 de septiembre de 2010

La playa.

De nuevo verano y pico.  El mismo cielo, la misma playa y ella sentada frente al mar dejando que la brisa alborotara sus bucles castaños. Parecía algo diferente a como la recordaba. Quizás fuera la forma de vestir, quizás es que estaba algo más alta o que su semblante parecía más maduro, como si hubiera perdido aquella inocencia de antaño. Suspiré. Por mucho que pudiera haber cambiado siempre sería ella, tan perfecta como el lienzo del mejor pintor. 
Di unos pasos hacia delante y me senté junto a ella. la miré de reojo. Sus ojos verdes estaban perdidos en algún punto del horizonte y le entristeció comprobar que brillaban un poco menos que la última vez que los contempló. Escrutó su rostro, absorviendo cada detalle y comprobó que aquel lunar que tanto le gustaba seguía dibujado en su mandíbula.
Por fin ella habló, aún sin mirarle.
- Ha pasado mucho tiempo desde la última vez.
- Quizás demasiado.
Ella sonrió casi imperceptiblemente, tanto que por un momento pensó que lo había imaginado.
- ¿Por qué has venido?
Permanecí callado. Ni yo mismo lo sabía. Dudé.
- Necesitaba verte, supongo.
Ella se giró, y su mirada le atravesó el corazón. No era capaz de recordar en ella unos ojos tan fríos. Tenía razón, había pasado mucho tiempo.
- ¿Supones? 
No pude evitarlo, era patológico. Odio que me acorralen a dar una respuesta que no tengo. Cambié de tema. 
- Bonita guitarra. - dije señalando su colgante. - ¿ recuerdas cuándo querías que te enseñara a tocarla? 
Ella le miró sin responder. - ¿Qué quieres?
Suspiré resignado. - Solo quería verte.
- Bueno, pues ya me has visto. ¿ algo más?
Fue como si me hubiera dado un mazazo y el impacto me hubiera dejado sin aliento.
- ¿ Tan poco me has querido? ¿ ni siquiera me has echado de menos?

Ella bajo la mirada. De repente parecía cansada. 
- Mira, contigo descubrí que la gente tiene razón. A pesar de ser una forma absurda de medir las cosas, el amor se mide por el daño que te hacen. Y tú me hiciste mucho daño.
Era una forma extraña de decirme que me había querido. Pero eso era mejor que nada.
Aún a riesgo de recibir uno de sus puñetazos le pasé el brazo por los hombros.
A los pocos segundo ella se rindió y apoyó su cabeza en mi pecho. Por mucho que las cosas cambien, hay otras que son inamovibles, y como tantas otras veces ella no fue capaz de apartarse de mí.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Una letra de más.



Con lo fácil que resultaba decir hola. Era sencillo, directo. Daba la sensación de que la palabra se ocultaba en algún rincón de tu boca y estaba siempre deseando tener la oportunidad de salir de ella.
Era realmente frustrante que con un adiós no pasara lo mismo. Quizás fuera esa letra de más la que hacía que pesara tanto, la que impedía que ascendiera por tu garganta.
Quizás es esa letra de más la que tengo atravesada.
Quizás es esa letra de más la que hace que resulte tan difícil despedirse de alguien.
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Bandos

Era algo que sabíamos desde siempre, que nos inculcaban desde la infancia. El mundo se dividía en dos grupos de personas: los villanos y los héroes. Cada uno tenía sus propias cartas, sus propios intereses. 
La vida consistía en escoger un bando y no dejarse engañar por el otro, no había espacio para dudas. En un mundo en el que ningún bando tienen una clara ventaja sobre el otro, ¿ a cuál escogerías?
La primera intención siempre es estar a favor de los buenos, pero tranquilo, yo lo veo como tú, y todos lo emprenderán en algún momento, y es que el lado malo tiene un cierto aire irresistible.