viernes, 10 de septiembre de 2010

La playa.

De nuevo verano y pico.  El mismo cielo, la misma playa y ella sentada frente al mar dejando que la brisa alborotara sus bucles castaños. Parecía algo diferente a como la recordaba. Quizás fuera la forma de vestir, quizás es que estaba algo más alta o que su semblante parecía más maduro, como si hubiera perdido aquella inocencia de antaño. Suspiré. Por mucho que pudiera haber cambiado siempre sería ella, tan perfecta como el lienzo del mejor pintor. 
Di unos pasos hacia delante y me senté junto a ella. la miré de reojo. Sus ojos verdes estaban perdidos en algún punto del horizonte y le entristeció comprobar que brillaban un poco menos que la última vez que los contempló. Escrutó su rostro, absorviendo cada detalle y comprobó que aquel lunar que tanto le gustaba seguía dibujado en su mandíbula.
Por fin ella habló, aún sin mirarle.
- Ha pasado mucho tiempo desde la última vez.
- Quizás demasiado.
Ella sonrió casi imperceptiblemente, tanto que por un momento pensó que lo había imaginado.
- ¿Por qué has venido?
Permanecí callado. Ni yo mismo lo sabía. Dudé.
- Necesitaba verte, supongo.
Ella se giró, y su mirada le atravesó el corazón. No era capaz de recordar en ella unos ojos tan fríos. Tenía razón, había pasado mucho tiempo.
- ¿Supones? 
No pude evitarlo, era patológico. Odio que me acorralen a dar una respuesta que no tengo. Cambié de tema. 
- Bonita guitarra. - dije señalando su colgante. - ¿ recuerdas cuándo querías que te enseñara a tocarla? 
Ella le miró sin responder. - ¿Qué quieres?
Suspiré resignado. - Solo quería verte.
- Bueno, pues ya me has visto. ¿ algo más?
Fue como si me hubiera dado un mazazo y el impacto me hubiera dejado sin aliento.
- ¿ Tan poco me has querido? ¿ ni siquiera me has echado de menos?

Ella bajo la mirada. De repente parecía cansada. 
- Mira, contigo descubrí que la gente tiene razón. A pesar de ser una forma absurda de medir las cosas, el amor se mide por el daño que te hacen. Y tú me hiciste mucho daño.
Era una forma extraña de decirme que me había querido. Pero eso era mejor que nada.
Aún a riesgo de recibir uno de sus puñetazos le pasé el brazo por los hombros.
A los pocos segundo ella se rindió y apoyó su cabeza en mi pecho. Por mucho que las cosas cambien, hay otras que son inamovibles, y como tantas otras veces ella no fue capaz de apartarse de mí.

No hay comentarios:

Publicar un comentario