viernes, 26 de noviembre de 2010

El comienzo de todo.

La variedad de tonos cobrizos lo inundaba todo. Los árboles semidesnudos no daban muestra de sentir vergüenza alguna y dejaban que el viento arrastrase lentamente sus hojas, desvistiéndolos a cada nuevo soplo.


Giré en redondo y seguí observando cada detalle tras el objetivo de mi cámara de vídeo. Di un par de vueltas más antes de perder el interés por seguir grabando. Estaba a punto de pulsar el botón de off cuando ella apareció en mi campo de visión. Unas mallas ajustadas de color negro marcaban las líneas de sus piernas, dejando poco espacio para la imaginación. La camiseta que rezaba "Eat me" con un dibujo de un helado de tres pisos parecía demasiado veraniega para comienzos de aquel otoño frío. Su piel aún tenía el recuerdo del verano marcado y su pelo recogido en una alta coleta saltaba contra su espalda a cada paso que daba.
Grabé como corría rítmicamente y descubrí que me encontraba totalmente embelesado.
En ese momento dos bicicletas pasaron como una exhalación justo al lado de la chica. Ella puso cara de sorpresa y se desequilibró. Cayó al suelo con un golpe seco.
 Por un momento me quede paralizado, hasta que pude correr hacia ella.
- ¿Estas bien?- Dije. Me arrepentí en seguida de haber hecho una pregunta tan absurda. Era obvio que no estaba bien.
Ella alzó el rostro y sus ojos se hilvanaron con los míos. El aire salió de mis pulmones y no fue capaz de volver a encontrar el camino para entrar. Aquella fue la primera vez que sus ojos se cruzaron con los míos. Noté como el verde lo inundaba todo. Sentí que la primavera había llegado, olvidándose de que no le tocaba hacer su aparición hasta muchos meses después. Las hojas retornaron a los árboles y el césped resurgió en todo su esplendor. Aquel verde era como el de la hierba recién cortada, casi podía notar el aroma de las flores y el sol de mayo sobre mi piel...
Había visto sus labios moverse y contraerse en una mueca de dolor. Lo único que conseguí entenderle fue:
- ... creo que me he torcido el tobillo.
Me sentí tremendamente culpable de no haber escuchado lo demás. 
Finalmente me presente y la alcé en brazos sin pedir permiso. Fue el impulso más fuerte que había tenido en mi vida, y no supe contenerlo. Ella chilló.
-¿ Se puede saber que haces?
- Voy a llevarte a aquella caseta de allí; hay un botiquín para casos como éste.
Ella enrojeció, sin atreverse a agradecérmelo. Supuse que estaría confundida, aunque tenía la certeza de que no tanto como yo.
- África. - dijo al cabo de un rato.
-¿Qué?
- África- repitió- mi nombre es África.
Yo le sonreí, y ella me devolvió una sonrisa tímida, formada por dos hileras de dientecillos blancos.
Ella bajó la mirada y jugueteó con un mechón de cabello que se había desprendido de la coleta.
La observé de reojo. La vi inocente, desprotegida, indefensa, insegura. Pero a la vez, algo en sus ojos me decía que era fuerte, valiente, luchadora. Y el deseo de colarme en su alma a través de la ventana de sus ojos aumentó. Pensaba entrar fuese como fuese, aunque tuviese que perderme en aquel océano de color verde que se adivinaba detrás.
Desde aquel día me prometí no soltarla jamás, no dejar que nadie la volviera a dañar. Pasase lo que pasase no pensaba separarme nunca de ella. Aunque varios años después, otra tarde otoño frío y de color cobrizo, me vería forzado ha romper mi promesa.


sábado, 13 de noviembre de 2010

El vaso de cristal.


Mis manos se cerraron en dos puños, clavándome las uñas en las palmas de las manos. Llevaba más de una hora allí sentado incapaz de dejar de sentir aquella ira que me desbordaba. 
Aquello no era justo. Pero la verdad es que nadie había dicho jamás que la vida tuviera que ser justa. 
La desesperación siguió allí conmigo, haciéndome una compañía poco agradable. Miré el reloj. Seguía pasando el tiempo y no me despertaba de aquella pesadilla. Por desgracia, empecé a comprender que no era un sueño. Aquello era jodidamente real.
Miré el vaso de cristal que estaba sobre la mesa. Lo contemplé desde todos los ángulos. Cada detalle, cada surco, cada arañazo. Me entraron unas ganas terribles de rebentarlo contra los azulejos de la cocina, y antes de que pudiera contener el impulso, el vaso impactó contra la pared causando un ruido estridente y una lluvia de cristales refuljentes. Por desgracia, y como ya había supuesto, no me alivió.
Contemplé los añicos a los que había quedado reducido el cristal. Es curioso pero me sentía justo así, como un puñado de cristales rotos. Me sentía destrozado, de esa forma tan total que sabes que por mucho que lo intentes, jamás conseguirás encajar todas las piezas. O incluso aunque lo lograras, nunca quedaría igual. Me sentía cortante, afilado, con ganas de gritarle al primero que se me pusiera por delante. Me sentí con ganas de... 
Suspiré. Mis pensamientos no pudieron evitarlo. Tenía ganas de ella, y siempre iba a tenerlas. La ira se esfumó. En su lugar apareció lo que llevaba horas intentando evitar, la aceptación de la verdad. Pensé en ella, en su sonrisa, en sus ojos, en su voz...  No pude resistirlo más. Las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos sin ninguna intención de detenerse durante mucho, mucho tiempo.