domingo, 12 de septiembre de 2010

El poder del café.

Sonó el timbre. No pude más que sonreír. Ella llegaba temprano, como siempre. Era una de sus irritantes manías, pero eso la hacía aún más adorable.
- Pasa- grité desde la cocina- está abierto.
Oyó sus tacones deslizarse por el piso. Sonaban acompasados, casi de forma rítmica.
Ella se apostilló en el marco de la puerta y me observo furtivamente mientras preparaba café.
 - ¿Te diviertes? - le pregunté sin girarme. Casi pude vislumbrar una media sonrisa esculpiéndose en su rostro.
- He de reconocer que sí. Mirarte se está convirtiendo en uno de mis pasatiempos favoritos.
Abandonó el vano de la puerta y con un ágil impulso se sentó en la encimera cerca de mí.
Yo le sonreí y saqué dos tazas con logotipos políticos de uno de los estantes superiores.
Cuando la miré de nuevo, tenía los ojos cerrados permitiéndome ver sus espesas pestañas negras, libres de cualquier maquillaje o producto artificial. Ella abrió los ojos, como si sintiera que la estaba mirando.
- Me gusta cuando tu piso huele a café por cada rincón. Resulta hogareño. Hace que me siente a gusto. Como en casa. - dijo encogiéndose de hombros, casi excusándose.
Le acerqué una de las tazas humeantes. Con dos cucharadas y media de azúcar y un chorreón de leche. Tal y como a ella le gustaba. Me senté en la mesita, cerca del microondas. Y permanecí en silencio, mientras veía como ella se llevaba la taza a los labios y mientras miraba por la ventana se quemaba los labios. Pasaba siempre. Era casi como una tradición, casi como otra de sus manías. Conté hacia atrás. Cinco, Cuatro. Tres. Dos...
- No te vas a creer lo que me ha dicho hoy Erika, ....
Era de efecto inmediato. Al primer sorbo de café su lengua se desinhibía, siempre tenía algo que contar. Ni diez copas del mejor alcohol la harían hablar tanto que con una buena taza de café.
Era una chica extraña, repleta de manías. Pero cuando la veía allí sentada, sobre su encimera de granito, balanceando las piernas, con la taza de café en la mano derecha y los labios rojos de ese primer sorbo demasiado caliente, no podía más que sonreír. No era capaz de cansarse de ella. La amaba. A ella y a sus rarezas.

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