Llegó como un torbellino. El timbre sonó de forma incesante hasta que le abrí. Con paso firme y enérgico se fue hacia la cocina, sin el más mínimo saludo. Tiró una bolsa encima de la mesa y se sentó en una silla de mimbre, de esas que la gente ya no usa, pero que se que a ella le encantan.
Sus uñas, de un color azul eléctrico poco discreto, tamborilearon nerviosamente sobre la mesa. Miré la bolsa que había arrojado sobre la mesa, sabiendo ya lo que iba a encontrar en ella. Suspiré. Cinco paquetes de m&m´s.
Aquello se había convertido en una señal, como cuando ves un stop en la carretera y sabes que tienes que pararte. Fui hacia la nevera y saqué una tarrina de helado de nata. Le preparé un bol enorme de helado con canela por encima y se lo acerqué. Ella aún con cara enfurruñada cogió uno de los paquetes de m&m´s y vertió todo su contenido sobre el bol. Engulló tres grandes cucharadas de golpe, y solo entonces pareció calmarse un poco.
- ¿Por qué me siento tan jodidamente insignificante? Soy ... como una mota de polvo en el mueble de alguna mansión... no, incluso eso es demasiado. Me siento como...como... ¡como la sal! Sí, eso es, como la sal. Común e insignificante.
Otra cucharada de helado fue engullida. Y otra bolsa entera de m&m´s tuvo la desgracia de ser sacrificada.
Yo me agaché junto a ella, con las manos sobre sus rodillas.
-¿Y que sería el mar sin sal? Sería como cualquier otro agua, como la de un río, o un lago... La sal es la que lo hace especial.
- Si el mar no tuviera sal no tendríamos que temer que el agua se agotase. - masculló con la boca llena.
Yo sacudí la cabeza y me levanté.
- Sea lo que sea no puede ser tan malo. ¿ Me lo vas a contar o piensas seguir ahí devorando mis reservas de helado?
Acerqué una cuchara a su bol y ella lo abrazó de forma protectora. Me miró con sus grandes ojos verdes, casi como me miraría un gato a punto de saltar.
- Vale, vale- me rendí. - yo no ataco tu bol y tú me cuentas que ha pasado. ¿Trato hecho?- dije mientras le tendía la mano.
Ella echo un vistazo a su bol, y una mirada desconfiada hacia mí. Después de un segundo de vacilación me estrechó la mano. Y como cada vez que la rozaba me estremecí, deseando tenerla un poco más cerca.


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