Me levanté despacio, con cuidado. Intenté que la cama se moviera lo menos posible para no despertarla y lo conseguí. Antes de salir de la habitación me recosté contra el quicio de la puerta y la observé. Estaba tumbada boca abajo sobre las sabanas, con el pelo revuelto inundando mi almohada. Suspiré. Aquella noche no conseguiría dormir, no con su olor aferrado a cada fibra de tela. Ese maldito olor que no se encontraba en ninguna perfumería del mundo. Su olor.
Ella había llegado horas antes, con las lágrimas surcando sus ojos verdes. Y como cada vez que la veía llorar, algo se agitó dentro de mi y una vocecita comenzó a susurrar: abrázala, abrázala fuerte y no la sueltes, no permitas que nadie más le haga daño.
En fin, tampoco era la primera vez que sucedía, simplemente era otro imbécil que no sabía apreciarla. Al menos ahora, allí dormida, parecía serena, con la respiración acompasada y despreocupada del mundo.
Me encaminé al salón y sonreí sin poder evitarlo. Aún recordaba la primera vez que ella había entrado allí, su cara de asombro, sus ojos como platos, sin creerse lo que veía.
- ¿ No tienes televisor?- preguntó con la voz temblorosa.
Yo negué con la cabeza con una sonrisa mal disimulada.
- No tienes televisor y tienes un piano de cola en mitad del salón...- dijo susurrando, como si al decirlo en voz más alta fuera desvanecerse todo ante sus ojos.
Asentí. Y ella sonrió. Sonrió con una de sus sonrisas enormes, de esas que estiraban toda la cara y creaba arruguitas alrededor de los ojos.
Unos días después de conocer el secreto de mi salón me confesó que se casaría con un pianista, o en su defecto alguien que supiera tocarlo medianamente bien.
- Mi sueño es despertarme cada mañana con mi marido tocando el piano; con las notas inundando toda la casa y llegando hasta mi cuarto para darme los buenos días. - dijo con los ojos perdidos en su taza de café, como si le diera cierta vergüenza confesarlo.
Era curioso, desde aquel día tocaba el piano con más ganas, queriéndo perfeccionar las canciones al máximo, como queriendo pulir cada nota, sacarle brillo.
Me acerqué despacio al piano y acaricié sus teclas de marfil blanco. Pulse una al azar y no pude mas que oír como reverberaba por todos los rincones, como llamándome a continuar. Me senté en la banqueta, cerré los ojos y deslicé los dedos, como acariciando las teclas. La música comenzó a sonar, casi como si la melodía fuera una parte más de la casa.
Para aquella canción no necesitaba partitura. Era de composición propia, y era para ella. Llevaba meses, y meses trabajando en ella, pero aún así no conseguía terminarla, era como mi propia melodía inacabada.
Cuando la última nota reverberó en el ambiente abrí los ojos despacio, completamente relajado y lleno por dentro. Oí un ruido a mi espalda y me giré, allí estaba ella, con el vestido lleno de arrugas y una lágrima resbalando por su mejilla.
Me levanté de un salto tumbando la banqueta y recogí esa gota salada con la punta de los dedos.
- Shhh, tranquila ya estoy aquí.
Ella negó con la cabeza.
- No, estoy bien. Es ... es preciosa. - susurró con la emoción contenido en cada ápice de su voz.
- Es preciosa- repitió. Y me rodeo la cintura con sus brazos, hundiendo su rostro en mi pecho.


Conseguiste una lágrima mía :P
ResponderEliminarGenial!!
"Para aquella canción no necesitaba partitura. Era de composición propia, y era para ella. Llevaba meses, y meses trabajando en ella, pero aún así no conseguía terminarla, era como mi propia melodía inacabada."
Elena? Soy tu esposa, solo espero que sepas que me parece indignante que haya tenido que rebuscar por un mil y una páginas y de repente.. Symphony... ¿Así actúas tú? ¿A espaldas de la que se supone que es tu otra mitad de vida?
ResponderEliminar(Ainss):)
Aunque la verdad, no se si estoy mas sorprendida de verte por aquí, o de lo que escribes.
Te quiero :)